Las Rabietas: Cómo Afrontarlas

Puede suceder cuando menos te lo esperas: en mitad del supermercado, del centro comercial, en el parque, en la consulta del médico ¡En cualquier lugar! Y es que parece que los niños tuvieran un olfato especial a la hora de elegir el momento más inoportuno para su berrinche.

Es la naturaleza de los niños ponernos a prueba constantemente y nosotros solemos reaccionar desesperándonos o frustrándonos. Sin embargo, hay que tener en cuenta que no lo hacen con intención de molestarnos. Simplemente, todavía no saben expresarse de otra manera y recurren a esos arranques e impulsos.

Por el momento, el niño no tiene el lenguaje tan desarrollado como para expresar lo que desea y tampoco sabe todavía cómo manejar parte de las emociones que está sintiendo de forma tan intensa.

Entonces, nosotros como padres ¿qué podemos hacer?

A partir de los 4 años de edad, las rabietas comienzan a desaparecer del todo, pero, aunque forma parte de un proceso natural del desarrollo emocional del niño, es importante saber cómo afrontarlas cuando suceden y qué podemos hacer para prevenirlas.

 

Lo primero: Prevenirlas

 

Anticiparse a la situación es vital y lo recomendable. Normalmente, los padres sabemos cuáles son las situaciones que pueden desencadenar una rabieta.

Debemos evitar aquellas situaciones que hacen que nuestro niño no sepa controlar su frustración, su impaciencia y cualquier intensa emoción que pueda estar sufriendo en ese instante. Por ejemplo: largas charlas con adultos en presencia de nuestros hijos, acudir a sitios en los que el pequeño demande algo, por ejemplo, juguetes, chucherías, etc. Si bien los niños deben aprender a tener paciencia, hay momentos en los que es prudente no poner a prueba su resistencia para evitar malos ratos.

También hay que tener en cuenta que cuando los niños están cansados, hambrientos o incluso cuando están a punto de ponerse malitos, están más irritables y son más propensos a los berrinches.

 

Jugar el despiste.

 

¡Atentos a los signos de alerta!

A María se le ponen las orejas rojas, Jesús aprieta fuerte los puños, Sandra lloriquea y se mueve inquieta en su silla… Son los signos de alarma que avisan de que el pequeño está a punto de perder el control. En estas situaciones hay que echar mano de la improvisación para desviar la atención del niño. “¡Mira, vamos a contar cuántas sillas hay aquí!”, le dice Sonia a su hija cuando la niña empieza a agobiarse en la sala de espera del médico.

Otra opción es anticipar las consecuencias con algún aliciente, por ejemplo “como te estás portando tan bien, al terminar te subo en el caballito”. Pero ¡Cuidado!, tratándose de niños tan pequeños la recompensa tiene que ser pronto y no es conveniente hacerlo siempre, ya que así entendería que sólo tiene que portarse bien a cambio de premios, cuestión que podría ocasionar problemas futuros. Todo en su justa medida.

 

Y si nada funciona… Ignorar.

 

Supongamos que hemos seguido a rajatabla los pasos anteriores y, aún así, nos encontramos con una fuerte rabieta de nuestro hijo. Al igual que pasa con los adultos, con un niño en pleno ataque de ira no se puede razonar. Lo mejor que podemos hacer es ignorar su comportamiento, no prestarle ninguna atención. Esto es debido a que la pataleta es un comportamiento negativo y, nuestra atención, un premio para ellos, por lo tanto, no debemos premiarle con atención, aunque sea para regañarle, si lo que queremos es que deje de comportarse así.

En casa es muy fácil. Basta con cambiarnos de habitación y seguir a lo nuestro. Seguramente ni tendremos que molestarnos en vigilarlo, ya que es muy probable que nos siga por toda la casa, ¡típico!

Pero en la calle, es otra historia. Si estamos en una zona sin peligro, basta con alejarnos unos metros del niño, no mirarlo o hacer como que hablamos por teléfono; buscar la forma de que sepa que ignoramos su comportamiento. Si se puede hacer daño o intenta golpearnos, podemos sujetarlo con firmeza.

En un restaurante, por ejemplo, lo más probable es que tengamos que salir con él un ratito hasta que se calme y, seguramente, en alguna ocasión, habrá que ceder y que se salga con la suya. Esta debe ser la excepción y no la norma, ya que si los niños aprenden que llorando y pataleando al final obtienen lo que quieren, estamos condenados a un bucle infinito de berrinches.

 

Después de la tormenta… a pasar página.

 

Y, finalmente, una vez que haya pasado el chaparrón… a otra cosa. Aunque estemos todavía enfadados por el mal rato que nos ha hecho pasar, en el momento en el que deje la rabieta, lo acogemos de nuevo y damos por zanjado el tema sin hacer muchos comentarios sobre lo que ha ocurrido.

Ya hemos hablado de qué hacer para reducir su mal comportamiento, pero los padres muchas veces olvidamos premiarles cuando lo hacen bien, con lo cual, los niños sacan la conclusión de que sólo les prestan atención cuando se portan mal.

A lo largo del día, hay un montón de oportunidades para decirle a nuestro pequeño lo bien que hace las cosas: “¡Qué bien está comiendo hoy mi niño!”, “¡me encanta cuando juegas sin pelearte con tu hermano!”, “¡cómo me gusta que me ayudes a recoger la casa!”. Son tantas cosas, que a veces sólo debemos cambiar el “chip” para lograr un cambio significativo en nuestra relación con nuestros hijos.

Además de esto, es importante dedicarle todos los días un ratito de atención en exclusiva, compartiendo un juego en el que él sea protagonista, es la mejor inversión antiberrinches que podemos hacer.

 

Más sobre las Rabietas…

 

Los berrinches, en general, dependen del temperamento del niño. Los que, de bebés, lloraban mucho y eran difíciles de calmar, pueden tener más rabietas entre los 2 y los 4 años.

La actitud de los padres debe ser siempre tranquila y firme, nunca mostrar debilidad. Si durante la rabieta, los niños ven que ‘flaqueamos’, ésta durará más.

Si nunca hemos ignorado su comportamiento durante las pataletas, es posible que estas aumenten en intensidad y frecuencia tras empezar a hacerlo, pero seguramente remitirá a los pocos días. ¡Sed fuertes!

Aunque las rabietas parecen eternas, el desgaste físico y emocional de los niños es tan grande que no suelen durar más de media hora y se reducen a 5 o 10 minutos si mantenemos siempre la misma actitud.

Es importante que todas las personas que cuidan al peque sigan las mismas normas, que deben ser pocas, muy claras y concisas, todo en beneficio de que el niño obtenga el mismo mensaje de los adultos a su cargo.

 

¡Mucho ánimo y fuerzas, mamis y papis!

 

Fuente: SerPadres.es

 


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